miércoles, 8 de marzo de 2017

DIFICULTADES Y LÍMITES DE LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA

DIFICULTADES Y LÍMITES DE LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA
Democracia es etimológicamente poder popular. El kratos que la democracia quiere poner en manos del demos es un poder público y social. Reina en Occidente una concepción pervertida del poder considerado como algo neutral, como un mero instrumento cuya bondad o maldad depende del uso que de él se haga. Concebido como una cosa o un instrumento que se posee y se utiliza, caemos así fácilmente en la degeneración paternalista, que supone un uso autoritario, aunque benigno, del poder. En el peor de los casos, el concepto del poder engendra la metáfora española de la tortilla que se vuelve, una metáfora que escinde a la sociedad en dos sectores antagónicos, que se asemejan tanto más cuanto más se combaten. Es una lucha por sustituir unos actores por otros, sin cambiar la meta ni menos aún los métodos de lucha. La democracia como ética no supone un mero cambio de los agentes del poder, una sustitución del monarca o de los mejores por el pueblo en su totalidad, sino un cambio de objetivos y -sobre todo- un cambio de hábitos de conducta en la dirección de la sociedad civil.
La forma de manifestación del poder y la base sobre la que se erige es la asimetría: el ver sin ser visto, la posibilidad y el saber unidireccionales e irreversibles. El acto de poder es sociobiológico, se apoya en una condición natural de inevitable aparición que se extiende a lo social y a la que hay que decir que no. Como la mala hierba o la enfermedad, lo que posibilita el poder es una desigualdad amenazadora de los valores sociales, que, si no nos oponemos conscientemente a ella, se mantiene por sí misma. La mala hierba o la enfermedad, como el punto de partida asimétrico del poder, son lo vitando inevitable, aquello que surge constantemente sin que lo deseemos y que sólo una constante vigilancia nos permite mantener en jaque.
El poder no es ni la asimetría que le da fundamento, ni una cosa poseída, ni una posición ocupada. El poder es un modo de actuar a partir de una posición ventajosa dada en principio por las circunstancias. El poder no es una relación sino un modo de obrar. No es la asimetria misma, sino la actuación que, basada en la asimetría, trata de mantenerla o aumentarla. El poder es la actuación manipulativa del que se encuentra frente a los demás en posición de ventaja. Pero esa actuación no es necesaria. La alternativa al acto de poder es la acción emancipativa, que lejos de mantener la propia ventaja trata de igualar la relación con el otro. Si, venciendo mi aversión a las fórmulas éticas, tuviera que expresar en un imperativo la ética de abstención del poder, diría así: «Obra de tal manera que la ventaja que te separa del otro disminuya, o por lo menos no aumente, como efecto de tu actuación». Quiero no obstante subrayar que el mérito de este modo de obrar no reside tanto en su resultado como en su ejercicio.
La democracia como ética no es una teoría ni una práctica del poder, sino -siendo el poder un modo de obrar- un desarme del poder. Esto no significa, aunque lo parezca, una concepción anarquista de la sociedad, menos aun una exhaltación del caos, ya que no es -dije- una afirmación de lo natural, sino del esfuerzo por algo mejor.
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