Democracias deliberativas - o, al menos, sistemas políticos que
incluían entre sus prácticas ingredientes de naturaleza deliberativa -
han sido la de la antigua Grecia, la de las asambleas cantonales suizas
que inspiraron a Rousseau, la que practican a través de “La Palabra”
algunas comunidades africanas e indígenas, la que prevalece en los
órganos colegiados de las grandes universidades, la que resurge
ocasionalmente en los Estados democráticos cuando un debate nacional
permite la discusión entre representantes populares, expertos y opinión
pública. No se trata de un procedimiento de decisión basado
necesariamente en el consenso, pero sí de un prerrequisito de la
votación mayoritaria, bajo la premisa de que votar sin discutir no es
democrático.
James Fishkin
ha propuesto los “sondeos deliberativos” que son pequeños foros de
ciudadanos elegidos al azar que discuten, se informan y, sólo al final,
toman posición acerca de algún asunto. En algunos parlamentos
–especialmente en Escandinavia--, los sondeos deliberativos son una
herramienta de los legisladores para consultar a la ciudadanía, siendo
más confiables que los sondeos clásicos.
LIMITACIONES DE LA DEMOCRACIA DELIBERATIVA FALTA DE INFORMACION AL PUBLICO
La deliberación pública obliga a tomar en consideración los intereses
ajenos. La mayoría no puede simplemente ignorar las visiones de las
minorías, argumentando que son intereses minoritarios. Esa actitud es
tan irrespetuosa de la dignidad de los otros, que resulta poco
defendible públicamente en una democracia. De esta manera, a la hora de
tomar una decisión política, se tendrá como objetivo buscar un consenso entre todas las partes para definir la mejor opción en vez de someter el tema a votación, lo cual permite la posibilidad de la tiranía de la mayoría.
Del mismo modo, la deliberación - sometida al principio de publicidad -
obliga a presentar abiertamente las razones que sustentan la decisión
adoptada, con lo cual ciertas motivaciones manifiestamente injustas
quedan excluidas del debate político, precisamente por ser socialmente
inaceptables. Por uno y otro motivo, la discusión pública estimula el
desarrollo de cualidades democráticas importantes en los ciudadanos y en
los líderes políticos, en especial la virtud de la imparcialidad, en la
medida en que los obliga a ir más allá de sus intereses puramente
personales.
la consolidación de una esfera pública frente a otra privada en
la vida de las personas, su clara diferenciación pero mutua
dependencia, fue una de las principales conquistas de la civilización
moderna. Creó un ámbito de intereses comunes, autoridades compartidas y
poderes legítimos, junto a sus espacios, frente a otro perteneciente a
cada cual, inviolable, en el que no cabía inmiscuirse. Los orígenes
remotos de esa dicotomía se encuentran con diáfana claridad en ese
período de borrosas fronteras –y con diversas intensidades según el
país– que cubre el final de la era feudal y todo el Renacimiento. La
distinción alcanza su plenitud con una doble revolución: la política, en
su expresión liberal, y la económica en su expresión capitalista.1
En el pensamiento contemporáneo, uno de los desarrollos más influyentes de esta noción es el efectuado por Jürgen Habermas. La esfera pública (Öffentlichkeit,
en el original alemán) estaría "configurada por aquellos espacios de
espontaneidad social libres tanto de las interferencias estatales como
de las regulaciones del mercado y de los poderosos medios de
comunicación. En estos espacios de discusión y deliberación se hace uso
público de la razón; de ahí surge la opinión pública en su fase
informal, así como las organizaciones cívicas y, en general, todo
aquello que desde fuera cuestiona, evalúa críticamente e influye en la
política. En términos normativos, la publicidad puede entenderse como
aquel espacio de encuentro entre sujetos libres e iguales que argumentan
y razonan en un proceso discursivo abierto dirigido al mutuo
entendimiento".2
La noción de lo público se vuelve evidente en terminos como salud,
educación y propiedad publica opuestos a la idea de salud, educación y
propiedad privada.
COMPLEMENTARIEDAD ENTRE DEMOCRACIA REPRESENTATIVA Y DELIBERATIVA
La deliberación pública obliga a tomar en consideración los intereses
ajenos. La mayoría no puede simplemente ignorar las visiones de las
minorías, argumentando que son intereses minoritarios. Esa actitud es
tan irrespetuosa de la dignidad de los otros, que resulta poco
defendible públicamente en una democracia. De esta manera, a la hora de
tomar una decisión política, se tendrá como objetivo buscar un consenso entre todas las partes para definir la mejor opción en vez de someter el tema a votación, lo cual permite la posibilidad de la tiranía de la mayoría.
Del mismo modo, la deliberación - sometida al principio de publicidad -
obliga a presentar abiertamente las razones que sustentan la decisión
adoptada, con lo cual ciertas motivaciones manifiestamente injustas
quedan excluidas del debate político, precisamente por ser socialmente
inaceptables. Por uno y otro motivo, la discusión pública estimula el
desarrollo de cualidades democráticas importantes en los ciudadanos y en
los líderes políticos, en especial la virtud de la imparcialidad, en la
medida en que los obliga a ir más allá de sus intereses puramente
personales.
RENDICION DE CUENTAS SISTEMAS DE CONTROL Y REVOCATORIA DEL MANDATO
En el siglo XIX la democracia ha sido estudiada muchas
veces como una estricta cuestión de régimen
político en su faceta electoral. La democracia
representativa devino en un modelo en el cual el Pueblo tiene
como derecho fundamental elegir a sus gobernantes cada cierto
tiempo para que una vez elegidos, éstos gobiernen o
administren el Estado según sus propias consideraciones de
situaciones y circunstancias.
Al respecto, Hans Kelsen considera que el valor de la
libertad no es el valor de la igualdad el que define en primer
lugar la idea de la democracia, porque históricamente la
lucha por la democracia fue una lucha por la libertad
política, es decir, la participación del pueblo en
las funciones del Estado. Kelsen señala en que la en la
idea de la democracia son dos ideas centrales las que priman: la
libertad y la igualdad. Funda la idea de la libertad en el
principio de la mayoría, es decir, en la posibilidad de
participar activamente en la toma de decisiones reduciendo a las
minorías (no aplastar) que se encuentran en desacuerdo con
la mayoría. Lo que se busca con ello, es que más
personas (ciudadanos) participen en la libertad de
decisión.
Un régimen democrático busca un
diseño institucional que guarde la "lógica de
equivalencia" entre libertad e igualdad. La libertad se
estructura en base a las posibilidades reales para su ejercicio y
en el conocimiento de las diferentes posibilidades de
opción por parte de los ciudadanos.
En los actuales tiempos, y de acuerdo con la Carta
Democrática Interamericana, la democracia es
indispensable para el ejercicio efectivo de las libertades
fundamentales y los derechos humanos, en su carácter
universal, indivisible e interdependiente, consagrados en las
respectivas constituciones de los Estados y en los instrumentos
interamericanos e internacionales de derechos
humanos.
La democracia sólo es posible con la igualdad,
justicia, dignidad y libertad en un mundo tolerante y armonioso.
Las políticas de los Estados solo serán eficaces
con la praxis de las normas jurídicas manteniendo la
identidad étnica y cultural en el mundo actual.
El Estado de Derecho y el Principio de Autoridad deben
imponerse de manera soberana, de tal modo que los reclamos se
puedan ver en las instancias que correspondan y mediante
prácticas ilegales y punibles que deben ser literalmente
desterradas de los procedimientos para alcanzar objetivos de
grupos particulares.
DIFICULTADES Y LÍMITES DE LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA
Democracia es etimológicamente poder popular. El kratos
que la democracia quiere poner en manos del demos es un poder público
y social. Reina en Occidente una concepción pervertida del poder
considerado como algo neutral, como un mero instrumento cuya bondad o maldad
depende del uso que de él se haga. Concebido como una cosa o un
instrumento que se posee y se utiliza, caemos así fácilmente
en la degeneración paternalista, que supone un uso autoritario,
aunque benigno, del poder. En el peor de los casos, el concepto del poder
engendra la metáfora española de la tortilla que se vuelve,
una metáfora que escinde a la sociedad en dos sectores antagónicos,
que se asemejan tanto más cuanto más se combaten. Es una
lucha por sustituir unos actores por otros, sin cambiar la meta ni menos
aún los métodos de lucha. La democracia como ética
no supone un mero cambio de los agentes del poder, una sustitución
del monarca o de los mejores por el pueblo en su totalidad, sino un cambio
de objetivos y -sobre todo- un cambio de hábitos de conducta en
la dirección de la sociedad civil.
La forma de manifestación del poder y la base sobre la que se
erige es la asimetría: el ver sin ser visto, la posibilidad y el
saber unidireccionales e irreversibles. El acto de poder es sociobiológico,
se apoya en una condición natural de inevitable aparición
que se extiende a lo social y a la que hay que decir que no. Como la mala
hierba o la enfermedad, lo que posibilita el poder es una desigualdad amenazadora
de los valores sociales, que, si no nos oponemos conscientemente a ella,
se mantiene por sí misma. La mala hierba o la enfermedad, como el
punto de partida asimétrico del poder, son lo vitando inevitable,
aquello que surge constantemente sin que lo deseemos y que sólo
una constante vigilancia nos permite mantener en jaque.
El poder no es ni la asimetría que le da fundamento, ni una cosa
poseída, ni una posición ocupada. El poder es un modo de
actuar a partir de una posición ventajosa dada en principio por
las circunstancias. El poder no es una relación sino un modo de
obrar. No es la asimetria misma, sino la actuación que, basada en
la asimetría, trata de mantenerla o aumentarla. El poder es la actuación
manipulativa del que se encuentra frente a los demás en posición
de ventaja. Pero esa actuación no es necesaria. La alternativa al
acto de poder es la acción emancipativa, que lejos de mantener
la propia ventaja trata de igualar la relación con el otro. Si,
venciendo mi aversión a las fórmulas éticas, tuviera
que expresar en un imperativo la ética de abstención del
poder, diría así: «Obra de tal manera que la ventaja
que te separa del otro disminuya, o por lo menos no aumente, como efecto
de tu actuación». Quiero no obstante subrayar que el mérito
de este modo de obrar no reside tanto en su resultado como en su ejercicio.
La democracia como ética no es una teoría ni una práctica
del poder, sino -siendo el poder un modo de obrar- un desarme del poder.
Esto no significa, aunque lo parezca, una concepción anarquista
de la sociedad, menos aun una exhaltación del caos, ya que no es
-dije- una afirmación de lo natural, sino del esfuerzo por algo
mejor.
LA REPRESENTACION POLITICA EN LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA
En política, la representación
es el acto mediante el cual un representante (sea este gobernante o
legislador) actúa en nombre de un representado (elector en el caso de
las democracias)
para la satisfacción de sus intereses. El representado no puede
controlar ni exigir que el gobernante cumpla con sus responsabilidades;
exclusivamente, por medio de mecanismos electorales institucionalizados
podrá castigar a su representante o partido político en las siguientes elecciones.1
Así, el concepto de representación política describe cómo el poder
político es alienado de un gran grupo y conferido a manos de un
subconjunto más pequeño de tal grupo por cierto período. La
representación usualmente se refiere a democracias representativas, donde los funcionarios electos (denominados representantes) hablan en nombre de sus electores en la legislatura. En general, solo a los ciudadanos
se les concede la representación en el gobierno en forma de derechos de
voto; sin embargo, algunas democracias han ampliado aún más este
derecho.
La representación política consiste en hacer presentes las voces,
opiniones y perspectivas de los ciudadanos en el proceso de elaboración
de políticas públicas. La representación política ocurre cuando los
actores políticos hablan, abogan y actúan en nombre de otros en la arena
política. El concepto de representación política posee dimensiones
múltiples debido a que puede involucrar concepciones diferentes y
conflictivas sobre cómo los representantes políticos deben representar a
sus electores